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  • ENCARNA ESCRIBANO

Camino de Liberación Aporte de Encarna Escribano


Presentado en la Reunión de Escuela de Parque Toledo el 14 de Abril de 2018.

Amuck tenía 16 años, cuidaba el rebaño de cabras de la familia y sentía un gran amor por todos; por ello, trataba de llevar a cabo su tarea de manera impecable.

El país donde Amuck vivía estaba en guerra, una guerra interminable, en sus recuerdos siempre estaba presente la guerra, jamás había vivido en paz; si alguien le preguntase por la paz no sabría qué decir porque únicamente conocía la paz de su interior, en su mundo externo todo era caótico.

Un día, mientras el rebaño pastaba, ¡la tierra tembló! Las cabras se hundieron en el abismo… Ella, consiguió asirse a un saliente y poco a poco trepó. Al llegar arriba una espantosa humareda gris oscuro lo envolvía todo, a duras penas podía ver; no se atrevía a dar un paso por si caía de nuevo al abismo; allí estuvo horas con el corazón inquieto pensando en su familia, diciéndose que pronto vendrían a rescatarla; perdió la noción del tiempo y se sumió en un sopor producto del cansancio, el hambre y la sed.

Cuando consiguió que sus ojos se abriesen nuevamente, observó que la humareda se había disipado; se puso en pie para buscar un camino hacia su aldea mas esta había desaparecido, en su lugar divisó un enorme agujero oscuro. Así Amuck perdió a todos sus seres queridos y se quedó sola…

Al principio, el dolor era tan grande que pensó en lanzarse al abismo con ellos. Pero se trataba de una mujer fuerte y, tras mucho llorar, la sensación de que algo debería hacer, de que tenía que haber una salida, fue abriéndose paso en su interior. Conocía la existencia de otros países en los que la guerra no era lo cotidiano, en los que la gente vivía en paz, en los que se respetaban los derechos humanos… Tomó la decisión de buscar un lugar mejor, un lugar donde simplemente poder vivir…

Caminó y caminó pasando penurias, hambre, vejaciones, agotamiento cercano a la extenuación, peligros innumerables… pero su fe en una vida mejor logró que las fuerzas no le flaqueasen y por fin consiguió llegar a su meta. Llegó a un país donde se vivía en paz, donde las calles rebosaban alegría y la gente se sentía segura. Desde la lejanía echó a correr embargada de una cálida alegría; según se iba acercando observó que crecía ante sus ojos atónitos una gran valla de metal que le impedía el paso.

Esto no detuvo su impulso de vivir, empezó a buscar la manera de llegar a ese otro mundo; para ella la valla era una dificultad más de las que encontrara en su camino. Finalmente, a través de una organización, consiguió pedir asilo.

Así aterrizó en la tierra prometida. Más pronto comprendió que allí no había sitio para ella, que las oportunidades no eran iguales para todos, que si no tenías “papeles” aquello era como estar en guerra, nada había cambiado. Su vida peligraba en las calles frías a las que fue abandonada al cumplir la mayoría de edad, no podía conseguir un trabajo para sostenerse ni un refugio donde resguardarse del frío, el miedo atenazaba su cuerpo. Nada había cambiado.

Lo que no habían conseguido, la guerra, el dolor, el hambre, la valla… lo consiguió la indiferencia de aquellos que miraban a otro lado, abandonándola a su suerte. Su espíritu murió. Hay muchas maneras de matar, pero matar el espíritu es la más cruel.

Deambulaba sonámbula, como una loca, ida, deseando morir de una vez y acabar con tanto sufrimiento.

A pesar de todo, la vida -compasiva con los espíritus libres- le dio una oportunidad. Conoció a unas personas “humanas” (personas que no miraban a otro lado) que le ayudaron a salir de su agonía: primero de la física y, después, de la mental; esta última les costó un poco más de tiempo y esfuerzo.

Ahora, Amuck trabaja para ayudar a otras personas que pasan por esta situación; lo tiene que hacer casi en la clandestinidad porque las leyes en estos países no se cumplen, no les importa el dolor y el sufrimiento de los seres humanos. Existen muchas personas –una gran mayoría- que no quieren perder su humanidad y que no son indiferentes al dolor y sufrimiento de otros; que son acalladas por una justicia, ciega y sorda, y por unas políticas desalmadas que les dificultan mucho el poder dar a otros lo que sería de lesa humanidad.

Así, Amuck comprendió que la justicia y la paz si no son para todos, no son para nadie. Que mientras un solo ser humano sufra, todos sufrimos. Que no se puede mirar a otro lado porque algún día nos toparemos de cara con la realidad. También aprendió que cuando un ser humano se libera, todos nos liberamos. Amuck sigue trabajando para ser libre, porque es consciente de que en ella está el futuro de la humanidad.

Este relato no es ciencia-ficción, está basado en hechos reales que muchas personas viven a diario y en la situación actual del asilo -para los refugiados- en occidente.

Libertad Escribano


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