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  • GLORIA LOPEZ LOPEZ

La Música. Búsqueda de la Armonía


Esta monografía parte con un agradecimiento a Silo, a los amigos y a los seres queridos.

El interés de esta monografía está relacionado con aprender a modular el encuentro entre un tipo de registros válidos y significativos para mí -que suenan un tanto íntimos- y el mundo de lo social. Una frase de Silo lo resume de una forma inspiradora: “Y la cuerda de la vida toma su singular modulación, en tanto se afloje o tense, hasta alcanzar la nota a que se aspira. Debe haber una nota y un ajuste y un especial procedimiento, de manera que la vibración ruede y luego se multiplique de modo conveniente”. El oído, esa antesala de la música, tiene la capacidad de captar copresencias que merodean en nuestras búsquedas. El sonido tiene, además, una cualidad envolvente que contribuye a generar y fortalecer la conexión entre los seres humanos. Creemos que la música es un camino de ida y vuelta.

El eco de lo Profundo necesita ser comunicado y, al hacerse reconocible y abrirse al sonido del mundo, lo trasforma y es transformado. En este trabajo hemos tratado de rastrear los restos de la música, de comprender algo de su dimensión histórica y social en occidente, de acercarnos a un vasto y complejo lenguaje con el que el ser humano se dispone y comunica sus inspiraciones. Más que respuestas totalizadoras, tratamos de rescatar elementos evolutivos desde el punto de vista de la adaptación creciente, según la doctrina siloista.

Que el ritmo forma parte de las raíces de la Humanidad parece indiscutible. Y es posible verificar una realidad musical ligada al desarrollo de la espiritualidad y búsqueda de transcendencia. Cierto es que a veces la conciencia tiene una cantinela que aburre hasta dormir. Su energía se va perdiendo en los compases de una atención errática que se deja ir. Deja, de algún modo, de escuchar y se va durmiendo. A través del fracaso el ser humano aprende a “poner la oreja”.

Pero si quiere evolucionar, habrá no solo de aprender a captar la cadencia de su propia forma y de advertir la desadaptación al tempo que le toca vivir, sino que será necesario construir y componer con ayuda del mundo. Y para ello, habrá de captar “señales” de lo Profundo, del mundo de los Significados.

El origen de la música tiene que ver con el soplo de la vida y las preguntas que el ser humano hizo al eco y al silencio. Ida y vuelta primigenia en la que el ser humano conquista el volumen, la abstracción y la armonía. ¿Qué ocurre con esas presencias y ausencias, cómo se enlazan, qué dirección existe en eso que traspasa la evidencia del ritmo? Advertirlo lleva más allá de la física y de los sentidos.

Captar la música nos lleva a tratar de advertir los signos de lo sagrado en uno y fuera de uno. Existe en la concepción musical de la Antigüedad una idea de simultaneidad que será olvidada. Es esa armonía de las esferas pitagórica que describe la resonancia entre mundos y una perspectiva envolvente que permite dar coherencia a la propia existencia. Enfatizando sobre la precisión, en la historia se va construyendo un complejo lenguaje musical. Una articulación que se desenvuelve siguiendo el ritmo de las conquistas internas que de algún modo, el ser humano se esfuerza por nombrar y transmitir.

Los griegos consiguen una mayor abstracción a través de la conceptualización de elementos claves de la música. Después, en el Medievo se logra abstraer una imagen auditiva en un signo que facilita su transmisión. Se concretan estructuraciones complejas, como la polifonía, que para sostenerse necesitan articular una dirección.

En el Renacimiento, se construyen formas más equilibradas y se advierte un cambio en las prioridades, con una atención más copresente hacia los conjuntos y no tan puntual de los componentes. Es una amplitud conquistada adentro que se expresa en un aumento de la complejidad y, a la vez, de la armonía. En ese proceso se fijarán elementos fundamentales de la música occidental que acompañarán 4 durante siglos y que se basan en el funcionamiento atencional y en la característica activa de la conciencia humana, que espera, intuye, descansa cuando encuentra lo que espera y, afortunadamente… sigue buscando. Son procesos alegóricos y abstractivos que posibilitan la integración de lo hecho, lo descubierto y lo anhelado, y por tanto, generan energía disponible para el avance.

En el trabajo, destacamos, en el siglo XVIII, algunos intentos que lograron una síntesis en la que dejaron un hueco al futuro. Los hemos nombrado a modo de aspectos de los que podemos aprender, desde un enfoque que trasciende estilos. Después, nos vamos deteniendo en algunos compositores desde el siglo XIX hasta ahora, que nos sirven de apoyo para hilvanar un proceso de cambio, de creación de posibilidades. Beethoven y su rebelión a lo crónico, donde encuentra la puerta a esos espacios en los que se diluye la diferenciación y se fundamenta la alegría. Mahler capta con intuición la necesidad de construir superando lo fácil y logra componer una metáfora musical de la no precipitación y la atención inestable que demandan los ascensos. Schönberg pone la “memoria” de un proceso que se abre paso al servicio de algo distinto, del futuro. El proyecto musical de Luigi Nono fue dar forma al sonido interior, hacer posible “otras escuchas”, desde el compromiso o, como él decía, testimonio histórico de la música. El hilo que une la proyección que Barenboim hace de la música, existencial y socialmente, es la convicción profunda en su poder de comunicación universal.

Este viaje a través de la historia de la música, compartido a pinceladas, llega a algunas conclusiones: Nombrar lo invisible es un Propósito que ha impulsado el crecimiento de la música y su transformación. Enlazado a lo invisible siempre han estado los otros, pues el significado de la música se desenvuelve en intentos de transmitir, de escuchar, de enseñar y de aprender. No podemos sino agradecer a quienes han contribuido a empujar el cambio de mirada para que se creen las condiciones de posibilidad de acceso al sonido del futuro. Y ahí entramos todos: compositores, intérpretes y oyentes. Es la conquista de una perspectiva en la que la atención se ve abocada a sortear dificultades simétricas cuando trata de “escuchar” la profundidad y cuando desde ella trata de abrirse al mundo.

Es la búsqueda de una “armónica resonancia”, a través de dudas y certezas. Es la composición de un tejido que la mente advierte en coincidencias, registros, ocurrencias, inspiraciones: significados. Hay algo de incómodo en ese proceso. De encrucijada. Hay que llegar a los límites. Hay que escuchar, exponerse a lo que suena, disponerse hacia lo que se da para ser alcanzado, afectado, con el riesgo que ello supone. Disponerse.

Algunos músicos quisieron cambiar la mirada codificada sobre el mundo y se dispusieron a captar señales de otros espacios. Intuyeron que la armonía venía de ahí y quisieron traducir sus “reminiscencias”. El arco de semejante compromiso -o testimonio como decía Nono-, abarca y transforma los procesos de emisión y también de escucha. Se abren posibilidades en las que hay que seleccionar.

Barenboim dice que la música es incompatible con la indiferencia y es, además el ensayo de una nueva vivencia transformadora de lo colectivo donde todas las partes colaboran en función de un mismo propósito.

La apertura y la diversidad, impulsada por el intercambio cultural, por la disolución de fronteras entre artes y estilos y por la aplicación de la tecnología, han enriquecido la música y el proceso humano y ha reducido la importancia de los personajes en función de los conjuntos y los ámbitos. Pero estos cambios no pasarán de ser superficiales si no se vinculan con una dirección que siga el rumbo de la universalidad de la música, apoyada en su carácter mental, capaz de conectar desde la profundidad a los seres humanos, desde un nuevo afecto, y ser ese camino de ida y vuelta hacia el Despertar.


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